¿Qué beneficio económico tendrán sus investigaciones, señor Newton?

Por Lorenzo Hernández • 19 abr, 2012 • Sección: Hablar de Ciencia

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“El científico no estudia la naturaleza por la utilidad que le pueda reportar; la estudia por el gozo que le proporciona, y este gozo se debe a la belleza que hay en ella. Si la naturaleza no fuera hermosa, no valdría la pena su estudio, y si no valiera la pena conocerla, la vida no merecería ser vivida.”

Henri Poincaré.

No merece la pena ponernos a mencionar todos los beneficios que nos ha aportado la ciencia: medicina, tecnología, comunicaciones, higiene, salud, alimentación, transporte… Todos estos beneficios los disfrutamos todos los días y han hecho que tengamos una vida más larga y de mejor calidad. Pero el científico de vocación, entre los que se encuentran los grandes científicos que nos han destripado algo de cómo funciona el mundo, sabe que su fin no es la utilidad sino saber un poco más sobre el mundo que nos rodea. Es conocida, por ejemplo, la frase que se dice que declaró Rutherford:

“Cualquiera que crea que la división del átomo se puede derivar algún beneficio práctico está diciendo pamplinas”.

El propósito de Rutherford no era busca aplicación práctica sino averiguar qué había dentro del átomo y de ese modo comprender un poco mejor el material del que nosotros y el universo entero estamos hechos. Las consecuencias prácticas ya las sabemos: bomba nuclear, centrales nucleares, nuevos métodos de diagnóstico y tratamiento de enfermedades y de tejidos defectuosos…Otro ejemplo es el de Maxwell, que no pudo ni siquiera imaginar la repercusión que tendrían sus descubrimientos en electromagnetismo, los cuales consideraba mucho más inútiles de lo que posteriormente fueron.

Y aunque hoy disfrutamos de la época más fructífera de la ciencia y la tecnología de toda la historia de la humanidad, un período donde los hallazgos surgen a una velocidad nunca antes conocida, la dirección de la ciencia está en gran medida en manos de comités que subvencionan unos proyectos determinados y la presión de financiadores (principalmente gobiernos e industria) se traduce cada vez más en que los fondos no se concederán a menos que el solicitante pueda demostrar unas razonables perspectivas de lograr un resultado “útil”. La consecuencia inevitable de ello es que la financiación acaba concentrándose en cuestiones cuya solución ya se conoce o es predecible con tal seguridad que no vale la pena comprobarla. Las cuestiones de verdad importantes se dejan a un lado y finalmente desaparecen del panorama, y, en consecuencia, la diversidad de la ciencia disminuye día a día. Existen multitud de ejemplos en la historia de la ciencia y la tecnología que nos enseña que las aplicaciones finales de los avances científicos raramente guardan relación con la motivación original de la investigación.

¿Cómo decidir entonces a quién se subvenciona o a quién no?

Sería un debate muy largo y complejo pero creo que se haría un bien a la investigación científica si los responsables de dar el dinero no se centraran en la utilidad o beneficio económico de la investigación sino en evaluar si el problema o enigma que quiere destripar el científico es merecedor de investigar. Ya se verá más adelante si las cuestiones se revelan de importancia o no, pero es imposible distinguirlo a priori. Todos los intentos de decidir por adelantado qué problemas valen la pena abordar y centrarse únicamente en ellos están condenados al fracaso.

Me imagino a Newton delante de un comité científico actual pidiendo dinero para investigar por qué la Luna no cae a la Tierra mientras que la famosa manzana sí lo hace.

“¿Y qué beneficio económico tendrán sus investigaciones, señor Newton?

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Un comentario »

  1. [...] año pasado escribí el post “¿Qué beneficio económico tendrán sus investigaciones, señor Newton?” donde reflexiono sobre qué tipo de proyectos se deberían de fomentar en la ciencia y [...]

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