«La clase».

Por • 18 Oct, 2009 • Sección: Enseñanza

Ayer, por fin, pude ver la película «la clase» (más vale tarde que nunca). Como ya sabréis trata sobre la relación de un profesor de secundaria con sus alumnos en un instituto conflictivo de París. Y no se trata de una película de ciencia ficción donde un profesor o profesora llega a un instituto del Bronx y convierte a unos alumnos desmotivados en amantes de la poesía o músicos talentosos. En «la clase» se refleja muy bien la relación alumnos-profesor, tanto el pensamiento del alumnado como la presión psicológica que puede llegar a soportar un maestro o profesor de secundaria. Quien piense que los profesores deberíamos trabajar más horas que vea la película, por favor. Echo de menos, quizá, esos momentos, que también tenemos los profesores donde ríes con los alumnos, haces bromas con ellos, muchos se interesan por la asignatura, te hacen preguntas y estudian lo que les gusta. Todo ello llevándose un buen recuerdo de ti y tú de ellos.

La película, como he dicho antes, refleja acertadamente el ambiente del aula. Con esto quiero decir, que tampoco es real que en los institutos se agreda, se insulte o se humille al profesor todos los días. Son casos puntuales. En general, la convivencia en los institutos es buena y, aunque es verdad que existe el fracaso escolar, los alumnos tienen una gran calidad humana. Pero como suele pasar con otro tipo de noticias, la repetición continua en televisión nos lleva a pensar que ocurren siempre (al igual que los accidentes de avión). Yo, al menos, de los casi tres años impartiendo clase, no he tenido ningún encuentro desagradable con ningún alumno o alumna más allá del «callaos ya», «tenéis que trabajar más» o «siéntate, por favor»…pero bueno, ¿quién no ha regañado alguna vez a sus hijos? Eso es inevitable, es así y seguirá siendo así siempre, a no ser que exista la represión y el adoctrinamiento en los institutos.

Además, soy de los que piensa que los alumnos en el fondo no tienen la culpa. Hace un par de días estaba hablando en clase sobre la llegada del hombre a la Luna en 1969 y me dijo un alumno: «eso es mentira, yo no me creo que hallamos llegado, el otro día vi un programa en televisión y dijeron que era mentira». Yo le pregunté que me dijera el programa que era y no supo decírmelo. Pero daba igual la fuente, ¡lo decían en la tele! No me sorprendió la respuesta, es muy frecuente que los alumnos no crean que el ser humano haya llegado a la Luna y que no crean al profesorado (a pesar de desmentirles con pruebas todos los mitos falsos sobre el tema). Con el profesor o profesora de física pasan una hora al día, y con la televisión dos, tres o más, con personajes atractivos, explosiones y carcajadas.

Pero eso, claro está, no es culpa del alumno. Culpamos a los jóvenes cuando es problema de los adultos.

Los adultos son los que han inventado programas donde se puede triunfar fácilmente, donde un golpe de suerte vale más que el conocimiento, el esfuerzo y el talento, donde los premios son dinero en metálico y la gente va con la ilusión de hacerse millonaria;  los adultos son los que se interrumpen y se insultan en los debates del parlamento y en las tertulias; los que corren con los coches; los que han inventado el horario incompatible con la familia; los que discuten y se maltratan delante de los hijos, cuando no les maltratan a ellos; los que miman demasiado a sus hijos y los hacen inútiles; los que ponen anuncios pornográficos en los periódicos; los que anteponen el partido de fútbol a los hijos; los que se ilusionan en Navidad por el sorteo de la lotería y no por el espíritu de solidaridad y bondad; los que han inventado el centro comercial impersonal y los que se amontonan, sin respetar la cola, en las rebajas; los que ponen contenido adulto en horario infantil; los que anuncian que hay que estar delgado comiendo barritas de fibra en vez de haciendo deporte; son los que confían su felicidad a la Coca Cola o al Real Madrid en vez de a un libro o a un amigo;  los que cuentan la vida privada en televisión y los que permiten que otro la cuente;  los que dicen a sus hijos que su coche es mejor que el del vecino y le enseñan a desconfiar de lo diferente; los que…sigan ustedes.

El ser humano desde que nace aprende por imitación. Y eso es lo que hacen los jóvenes, imitar lo que perciben. No podemos eximir a un joven de su responsabilidad, pero tampoco podemos exigirle lo que la sociedad no practica. Hoy más que nunca la educación es obligación de todos. Hoy más que nunca hay que educar con el ejemplo.

Empecemos por darlo los adultos.

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