El arcoiris y la promoción de TVE.

Por Lorenzo Hernández • 7 sep, 2009 • Sección: Ciencia y TV, Hablar de Ciencia, Textos Originales

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El nuevo anuncio de promoción de TVE intenta dar el mensaje de ser una televisión de todos y para todos. En este aspecto nada que reprochar, ¡ojalá lo consigan! Pero me molesta un poco cómo encasillan a la gente como si fuéramos unidades discretas en vez de continuas. ¿Recordáis el enuncio? “…de derechas o de izquierdas, de letras o de ciencias, progresista o liberal…” ¿No podemos ser para unas cosas de derechas y para otra de izquierdas? Y, por favor, que dejen ya de hacer separaciones entre las letras y las ciencias, ese es un discurso muy caduco.  Uno hace ciencia o hace múscia sin tener que encasillarse en científico o músico. Uno “hace” no “es”.

Pero, en verdad, ¿qué vamos a esperar si el ser humano es único en hacer clasificaciones y ordenar tanto a las personas como a la naturaleza?

Viéndolo, me recuerda un ensayo de Javier Sampedro, científico y periodista español, titulado ¿cuántos colores tiene el arcoiris?, de su libro ciencia recreativa, donde exponía la continuidad del espectro visible y la costumbre que tenemos los humanos en encasillar a las personas y a la naturaleza, en este caso a los colores. Tanto el arcoiris como las personas somos un espectro continuo.

Aquí os dejo el ensayo íntegro para que podáis disfrutarlo. Sólo habría que actualizar un dato en el artículo escrito en el 2003: ya somos más de 6700 millones de personas en el mundo.

¿Cuántos colores tiene el arco iris? JAVIER SAMPEDRO EL PAÍS – 07-08-2003.

Somos 6.000 millones en el mundo, pero seguro que no hay dos personas iguales. Del espíritu desbordante a la naturaleza melancólica se viaja a través de una suave pendiente sin obstáculos. No hay frontera precisa que divida el mundo en gente superficial y profunda, indolente y curiosa, descuidada y minuciosa. Si decimos que fulano es fiable; mengano, divertido, y perengano un progresista trasnochado, lo más probable es que estemos distorsionando la exuberancia humana hasta hacerla encajar en unas casillas que no reflejan más que nuestras convenciones culturales, nuestros prejuicios idiomáticos, nuestras arbitrariedades biográficas. ¿Por qué nos empeñamos en clasificar a la gente en categorías discretas? Un ultradarwinista diría que eso nos ayuda a evitar peligros. Un policía diría lo mismo. ¿Tienen razón?

Tomen el arte. No cabe imaginar una explosión más impredecible de la productividad humana, un caos menos clasificable, un tejido más impermeable a la taxonomía. ¿Por qué seguimos hablando de pintores impresionistas o expresionistas, de cine europeo o norteamericano, del rap, del hip hop, del acid house y de la generación del 27 cuando es obvio que la creatividad artística funciona al margen de esas categorías inventadas por los galeristas decimonónicos, los críticos franceses y las casas discográficas? Poniéndose borde: ¿cuál es el criterio que distingue al dadaísmo del surrealismo? ¿La novelas de James Joyce y de Julio Cortázar están narradas en primera o en tercera persona? ¿Pertenece La invención de Morel al género de la ciencia ficción? ¿Y Blade Runner a la serie negra?

Tal vez el modelo óptimo para estudiar esta manía cultural de dividir las gamas continuas en categorías discretas sea la nomenclatura de los colores. Si existe en el mundo físico un fenómeno continuo, ése es el espectro de la luz visible, una gama gradual de frecuencias electromagnéticas sin ninguna clase de salto brusco ni clasificación preestablecida. Y que, sin embargo, los hispanohablantes nos empeñamos en dividir en categorías discretas como el rojo, el rosa y el naranja, por citar tres. Seguro que esos términos son una construcción cultural, y que en otras sociedades los nombres de los colores no sólo serán distintos, sino que corresponderán a otras frecuencias distintas.

El científico de la computación Paul Key y el psicólogo Terry Regier acaban de examinar empíricamente esta cuestión (Proceedings of the National Academy of Sciences, 22 de julio). Además de comparar lo que significan los nombres de los colores en los idiomas de los países desarrollados, han pedido a los hablantes nativos de 110 lenguas no escritas, habladas en pequeñas sociedades no industriales del mundo, que nombraran los colores que les presentaban en lo que, a todos los efectos prácticos, se puede considerar una gama continua: una gradilla de 330 colores con todas las variaciones concebibles de frecuencia, brillo y saturación.

Los resultados están muy claros, y han pasado todos los controles estadísticos imaginables. Cada cultura utiliza 11 nombres para dividir la luz visible en categorías discretas. Y cada nombre designa la misma franja de frecuencias en todas las culturas, industrializadas o no, y en todas las lenguas, tengan o no tradición escrita. En casi cualquier cultura, las 11 categorías coresponden casi exactamente a lo que aquí llamamos rojo, amarillo, verde, azul, violeta, marrón, naranja, rosa, negro, blanco y gris. Sólo hay dos tipos de lenguas que usan 10 nombres en vez de 11: las que agrupan el azul y el verde bajo un solo término, y las que no distinguen entre el rosa y el naranja, y consideran al primero una forma del rojo y al segundo un tipo de amarillo. Salvo esas minucias, parece ser que todos los humanos utilizamos el mismo calzador para categorizar el magma indiscernible de la realidad. Ah, y Blade Runner es de la serie negra, no me fastidien.

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